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La cadera de Lucy

Esta es una recreación de Lucy, el pequeño homínido hembra cuyo fósil se halló en 1974. Cuentan que uno de los miembros del grupo que la descubrió escuchaba «Lucy in the Sky with Diamonds», el tema de los Beatles, poco después de descubrir sus restos, y que esta causalidad inspiró su nombre.

Los restos de Lucy son de los fósiles más completos de afarensis e incluyen el cráneo, la pelvis, parte del tórax, el fémur y parte de una tibia. Los restos se han datado en 3,5 millones de años de antigüedad. Esta «anciana venerable» nos proporciona una valiosa información sobre su especie, Australopitecus afarensis.

Lucy caminaba hacia la hominización, pero conservaba algunas características primitivas, por ejemplo en sus dedos, que aunque se habían acortado, eran aún bastante curvados para sujetarse a las ramas. O sus brazos, largos como los de una mona. Tal vez se refugiara en los árboles junto a sus crías para evitar a los depredadores, y por eso conservó rasgos como los de un simio (ape-like).

Su capacidad craneal era algo mayor que la de un chimpancé: su cerebro tenía unos 400 centímetros cúbicos de volumen, muy lejos de los 1.400 de Homo sapiens. De su esqueleto podemos deducir que se mantenía erguida sobre sus pies. Por ejemplo, de la forma de su pelvis, que es una especie de sólida caja formada por huesos con suficiente espacio para insertar musculatura potente que sostuviera el cuerpo. Lucy no era muy alta y pesaba poco, apenas treinta quilos, pero desde un punto de vista biomecánico, su pelvis estaba mejor adaptada al bipedismo que la de cualquiera de nosotros. La razón es que el diseño de la pelvis humana es el resultado de un compromiso entre el bipedismo y la posibilidad de dar a luz a individuos con una gran capacidad craneal comparada con el espacio que el canal del parto ofrece. Bajo estas líneas puede verse la comparación entre las formas de la cadera de un humano actual, de Australopitecus afarensis y de un chimpancé.

En el caso de los partos de Homo sapiens, el feto debe cumplir con dos requisitos para colocar su cabeza de forma adecuada al canal del parto: la una es girar 90 grados, y a continuación, moverse como si echara su cabeza hacia atrás. El cráneo del feto se encaja entre la pelvis de la madre, y así puede nacer. Bajo estas líneas, y cortesía de la Universidad de Utah, pueden verse cómo el feto debe colocarse antes del nacimiento. En el caso de los chimpancés, por ejemplo, el espacio entre el canal de parto y el cráneo del neonato permite un parto menos complicado que el humano.

En todo caso, esto es sólo una muestra superficial de la interrelación de factores que se aliaron para ir configurando nuestra humanidad actual. Todo esto me recuerda una vez más que el tiempo de vida de un especimen como cualquiera de nosotros es, en términos evolutivos, insignificante. Y me lleva a preguntarme cómo seremos dentro de, pongamos, 3 millones de años. ¿Alguien se atreve a imaginarlo?


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