Zona de confesión

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Corría el año 1998 cuando un crimen estremeció a la nación más poderosa del mundo: una mujer que hacía jogging en Central Park fue salvajemente atacada y violada. Su rostro fue golpeado con un ladrillo hasta tal punto que su novio sólo puedo reconocerla gracias a un anillo. Después del ataque la abandonaron a su suerte en el parque, donde yació durante toda la noche hasta perder tres cuartas partes de su sangre. A pesar de ello fue hallada viva y sobrevivió, aunque fue incapaz de recordar algún dato que pudiera conducir a la detención de los agresores.
Durante las 48 horas siguientes al crimen, cinco jóvenes afroamericanos e hispanos de entre 14 y 16 años fueron acusados del crimen, sobre la única base de su confesión. Durante el juicio la prueba presentada por la acusación fue la grabación en vídeo de las confesiones de algunos de los detenidos. En ellas describían con veracidad y realismo detalles sobre el ataque que eran, como se sabría años después, falsos. Uno de ellos incluso relató que intervino en el crimen porque se sintió presionado por sus amigos para participar en su primera violación.
A pesar de que las muestras de semen obtenidas de la víctima no coincidían con ninguno de los acusados, fueron condenados y enviados a prisión. Trece años más tarde, un recluso que cumplía condena por varias violaciones y un crimen cometido después del ataque de Central Park, confesó por iniciativa propia ser el único autor del ataque en Central Park.
Este caso ilustra un hecho conocido en la historia de la justicia: la condena de hombres y mujeres inocentes, basada en la única prueba de una confesión falsa. Plantea además, una pregunta lógica: ¿qué lleva a un acusado a confesar un crimen que no ha cometido?
Las investigaciones realizadas sobre este hecho revelan que una serie de complejos factores psicológicos intervienen en las falsas confesiones. El nivel de estrés que puede llegar a suponer un interrogatorio explica también que la confesión sea considerada por el acusado la forma de librarse de la presión insoportable de un interrogatorio que puede durar horas.
A menudo la presión que la policía ejerce sobre el sospechoso tiene su origen en la necesidad de confirmar una primera impresión. Si los interrogadores han realizado una entrevista preliminar, suelen formarse una idea sobre la culpabilidad o inocencia del sospechoso. Y hay estudios que demuestran que tendemos a buscar confirmación de aquello que creemos.
Afortunadamente, las técnicas forenses de análisis del ADN han supuesto un paso adelante en la investigación criminal. Una muestra mínima de material biológico es suficiente para determinar la identidad de su propietario. Aun así, los interrogatorios pueden extenderse durante horas (la madre de Madeleine, la niña desaparecida en el Algarve, fue interrogada ayer durante más de nueve horas por la policía portuguesa). Es difícil imaginar qué mente no se quebraría en tales circunstancias.

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