Hombres en conserva

 

 

 

 

 

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El cadáver en perfecto estado de un soldado indio fue encontrado hace unos días en el Himalaya. El hecho no sería noticia si Mahendranath Phukan no hubiera muerto hace 39 años. Gracias al poder fijador del glaciar donde estrelló su avión, Mahendranath ha vivido como en un gran tanque de formol durante casi 40 años, entrando a formar parte de la galería de cuerpos indiferentes al tiempo. Imaginen cómo estará que un militar indio ha declarado que Phukan está “intacto”.
Investigando ese selecto grupo de cuerpos incorruptos me he dado cuenta de que no se les puede considerar muertos del todo. Porque en efecto, son portadores de un mensaje involuntario, pero mensaje al fin y al cabo: “mira lo que te espera”. No hay forma de responderles directamente, así que creo que es instintivo acabar recurriendo a un sucedáneo un tanto previsible: conocer sus vidas. No hay otra forma de comunicación posible con un hombre casi muerto.
El primero que me ha venido a la cabeza ha sido Oetzi, a quien llaman el hombre más viejo del mundo. No en vano, tiene 5.300 años. Le encontraron unos turistas italianos a 3.000 metros de altitud, con unos pantalones de piel de cabra y una capa (Oetzi, no los turistas). Así que la historia despertó especulaciones y una disputa entre Italia y Austria por la propiedad del cuerpo. Al final se supo que murió desangrado a causa de una flecha (debió ser una muerte dulce). Morir de frío, de hambre o en una avalancha no hubiera estado a la altura del hallazgo.
Al morir el alpinista George Mallory tenía más o menos los mismos años que Phukan llevaba en el hielo La historia es bien conocida y desde luego, tiene unos intensos tintes épicos teñidos de miserable avaricia. Su cadáver congelado fue encontrado por una expedición estadounidense a 300 metros de la cumbre. Corrió el rumor de unas fotos del cadáver vendidas a 40.000 dólares pieza. Es una prueba más del interés, morboso o no, que los cuerpos incorruptos despiertan en los vivos.
En climas más cálidos el efecto congelación no es posible, pero la momificación lo puede todo, y ahí están la momia de Ramsés II, la Dama de Kemet y, en Cuba la momia de Matanzas. Esta última es una momia humilde, son sólo 135 años de antigüedad, pero da testimonio de las técnicas de momificación en la isla, muy al uso allá por el siglo XIX.
Ochenta años después de ser enterrado, el cuerpo embalsamado de Josefa Ponce de León dejó la tranquilidad subterránea del cementerio. El hecho, como es lógico, generó una avalancha de visitantes tal que la administración del camposanto decidió ocultarlo de las miradas curiosas. No acaba ahí la odisea de la momia de Matanzas. Veinte años después de ser desenterrada, sufrió una “agresión” que le dañó rostro y cabeza. Y es que, un rostro desfigurado es incapaz de comunicar mensaje alguno.

 

En la imagen, gafas protectoras de nieve encontradas en el bolsillo de George Mallory, desaparecido en 1924.

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